El espíritu.

¿Desde cuándo escribir es tu profesión? Nunca fue otra cosa que tu religión. Nunca.

Seymour, una introducción. J. D. Salinger

El niño gritó: ¡Mira! ¡Libro bonito!, se soltó de la mano de su abuela y vino corriendo hacia la caseta. Tras casi dos semanas desempañando el oficio de librero en la Feria del Libro de Madrid , con todo lo bueno y todo lo malo que tiene una feria en la que se juntan auténticos lectores apasionados con simples paseantes que buscan hacerse una foto con Mario Vaquerizo o el famoso de turno, agradecí su simpático entusiasmo y le sonreí. ¡Libro bonito!, repitió señalando un libro cuando su abuela lo alcanzó.

-Sí, bonito -dijo ella, sin duda satisfecha por lo listo que era su nieto, y miró el precio: 18 euros- Uy, qué caro -añadió sin poder contenerse. A lo que yo, como el niño me había puesto de buen humor, contesté:

-No creo que sea caro, es un gran libro, y mire qué bien editado. Pero bueno. Por ser un niño tan simpático y listo, le puedo hacer una descuento y dejárselo en 12 euros -descuento con el que me la jugaba, pues en realidad no me estaba permitido aplicarlo más que para mi propio uso y disfrute en el caso de que quisiera comprar un libro de los que vendía.

La señora me sonrió y luego sonrió al niño, al que le dijo:

-A ver, qué prefieres, ¿este libro bonito o que te dé seis euros para gastarte en chuches?

Ni que decir tengo lo que prefirió el niño.

No me enfadé con la señora. Ella creía estar haciendo algo bueno. Su actitud no era más que el reflejo de la sociedad en la que vivimos; una sociedad en la que buscamos la satisfacción superficial e inmediata, que es lo contrario de lo que ofrece la literatura y el Arte. Simplemente sonreí un poco avergonzado por mi propia ilusión y dejé que se fueran.

Como suele pasar, no fue hasta tiempo después, que se me ocurrió lo que me habría gustado decirle a esa señora:

-Si acostumbra a su nieto a apreciar la literatura desde pequeño, de mayor será un ser humano que sabrá dónde está, y jamás aceptará ninguna de las chucherías que nos quieren dar a cambio de nuestro silencio.

He recordado esta anécdota, por otro lado sin importancia, porque pienso que me gustaría que de, algún modo, mi respuesta nunca dicha fuera el espíritu con el que nace la Escuela de Letras de Gijón. Que fuera un espacio donde, por supuesto, se enseñen técnicas de mano de profesores con gran experiencia en la docencia y en la práctica real de la escritura. Pero además, y sobre todo, un espacio de encuentro donde se transmita ese espíritu, esa única religión, esa revolución siempre posible que sigue siendo el Arte y la literatura. Esa libertad que, como toda libertad auténtica, requiere aprendizaje y esfuerzo para al final obtener la mayor de las satisfacciones; la de ser dueños de algo que no se puede comprar ni, una vez adquirido, nos pueden quitar.

Así pues, damos este primer paso y os invito a que lo deis con nosotros. Sois todos bienvenidos.

Manuel Astur

Director

Escuela de Letras de Gijón.

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